El México que tenemos.
El México que tenemos.
Por Ruben
Dario GV
El 2024 ha llegado
a la historia de México como un año de transformaciones profundas y controversias
incuestionables. Las reformas constitucionales impulsadas por la administración
de Claudia Sheinbaum, respaldadas por la inconfundible influencia del expresidente
Andrés Manuel López Obrador, han reconfigurado el panorama político, social y jurídico
de nuestro país. Algunas propuestas, como la elección popular de jueces o la militarización
de la Guardia Nacional, despiertan tanto entusiasmo como temor, dependiendo del
prisma ideológico desde el cual se analicen. Pero más allá de los titulares, estas
reformas cuestionan los pilares mismos de nuestra democracia.
La filosofía nos
invita a pensar críticamente en la “vida examinada”, aquella que exige mirar más
allá de la superficie. En ese sentido, el México que tenemos hoy exige reflexión
y acción. Aristóteles decía que la virtud radica en el justo medio, pero en un país
donde la polarización se ha convertido en norma, ese equilibrio parece un espejismo.
Las reformas que hoy se presentan como avances democráticos también plantean interrogantes:
¿hasta qué punto pueden convivir con los principios de equidad y justicia? La ampliación
de la prisión preventiva oficiosa, por ejemplo, evidencia cómo la prisa por el cambio
puede comprometer derechos fundamentales.
En la búsqueda de
soluciones a problemas históricos, también se han presentado avances significativos:
derechos indígenas, igualdad de género y acceso a la vivienda, entre otros. Sin
embargo, estos logros parecen diluirse frente al espectro de la concentración de
poder en el Ejecutivo. Como jurista, no puedo dejar de pensar en el impacto que
estas decisiones tienen en el tejido institucional del país. Las democracias fuertes
se construyen con contrapesos, no con hegemonías.
La polarización,
como bien advierte la doctora Grecia Ruth Cordero García, erosiona la confianza
en las instituciones y amenaza con fracturar el contrato social que nos une. La
retórica que alimenta esta división no solo despoja a las discusiones públicas de
profundidad, sino que también inhibe la posibilidad de construir un futuro común.
¿Qué espacio queda para el pensamiento crítico cuando la disidencia se confunde
con traición?
En este contexto,
urge una reflexión colectiva sobre el valor de la pluralidad y el papel del ciudadano
en la defensa de los principios democráticos. Heidegger hablaba del ser arrojado
al mundo, y los mexicanos de hoy estamos arrojados a una realidad compleja que no
podemos ignorar. La tentación de idealizar el pasado o de soñar con un futuro utópico
es grande, pero la verdadera acción comienza con la aceptación del presente, con
todas sus imperfecciones.
El México que tenemos
no es el que deseamos, pero es el que debemos transformar. La historia nos enseña
que las reformas exitosas no surgen de ideales abstractos, sino del análisis crítico
de la realidad. Si queremos construir un país más justo, debemos empezar por fortalecer
los espacios de diálogo, exigir transparencia y ser agentes activos en la construcción
de nuestras instituciones.
Al concluir estas
líneas, aprovecho para agradecer a quienes me han brindado este espacio para compartir
estas reflexiones. La opinión, cuando se ejerce con responsabilidad, es una herramienta
poderosa para el cambio. Espero que estas palabras despierten el cuestionamiento
y promuevan un debate constructivo, porque solo así podemos aspirar a un mejor porvenir.
Felices fiestas, y que el nuevo año traiga consigo no solo esperanza, sino también acción consciente y comprometida.
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