La nueva teocracia.
La nueva teocracia.
Por
Ruben Dario GV
La
historia del poder es la historia de su justificación. En la antigüedad, los
monarcas se revestían de un aura divina para gobernar sin cuestionamientos.
Faraones egipcios eran dioses en la Tierra, emperadores romanos se proclamaban
elegidos de Júpiter, y los reyes medievales invocaban el derecho divino. La
crítica a su mandato era, en esencia, una blasfemia. Hoy, esa lógica pervive,
aunque con una metamorfosis discursiva: ya no es Dios quien otorga legitimidad absoluta,
sino el pueblo, convertido en una divinidad abstracta e incuestionable.
El
discurso ha cambiado, pero la estructura se mantiene. Antes, la voluntad de
Dios justificaba las guerras, las cruzadas y las persecuciones. Ahora, la
voluntad del pueblo justifica atropellos, autoritarismos y decisiones
inapelables. El líder ya no es el ungido por una entidad celestial, sino por
una masa que se presenta como omnisciente e inmaculada. Y como en toda
religión, la herejía se paga caro: quien cuestione las decisiones del gobierno
es un traidor, un enemigo de la patria, un adversario del pueblo. Se ha
instaurado un dogma donde el disenso es pecado y la crítica, sacrilegio.
El
pueblo, sin embargo, no es un ente homogéneo ni omnipotente. En una democracia,
no es un solo bloque monolítico, sino una pluralidad de voces con intereses y
perspectivas diversas. La trampa radica en que, bajo el pretexto de ser la
encarnación del pueblo, los gobernantes eliminan cualquier oposición legítima,
apelando a una falsa unanimidad. En nombre del pueblo se ataca a la prensa, se
desacatan fallos judiciales, se desmantelan instituciones autónomas y se
persigue a quienes disienten. Se predica la democracia mientras se practica la
imposición.
No
es casual que el populismo moderno se asemeje tanto a los dogmatismos
religiosos del pasado. Así como el monarca medieval se rodeaba de clérigos que
bendecían su mandato, hoy el líder populista se rodea de voceros que elevan su
palabra a la categoría de verdad absoluta. Así como la Iglesia prohibía la
interpretación individual de los textos sagrados, hoy se condena la crítica
como un atentado contra la voluntad popular. No hay espacio para el matiz, para
el análisis o la disidencia; solo existe la fe ciega en el líder y su proyecto.
Y como en toda teocracia, los disidentes son apóstatas a los que se debe
perseguir y silenciar.
Sin
embargo, la democracia auténtica no se basa en unanimidades ficticias ni en
verdades reveladas. Se construye en el debate constante, en la existencia de
contrapesos, en la apertura a la crítica. No se trata de un acto de fe, sino de
un ejercicio racional que requiere escrutinio, revisión y corrección. Gobernar
en nombre del pueblo implica gobernar para todos, no solo para quienes otorgan
legitimidad en las urnas. Significa reconocer que la pluralidad es la esencia
de cualquier sociedad libre y que ninguna mayoría, por grande que sea, tiene
derecho a pisotear los derechos de la minoría.
La
historia nos ha mostrado que el poder, cuando se reviste de infalibilidad, se
convierte en tiranía. Ya sea bajo el manto de Dios o bajo la bandera del
pueblo, el resultado es el mismo: un gobierno que se cree incuestionable y que,
en su soberbia, destruye las bases del verdadero diálogo democrático. La
pregunta, entonces, no es si preferimos ser gobernados por dioses o por
hombres; la verdadera cuestión es si estamos dispuestos a defender nuestra
capacidad de pensar libremente, de disentir sin miedo y de recordar que ningún
poder terrenal es absoluto. Porque si permitimos que el populismo se convierta
en la nueva teocracia, solo nos quedará arrodillarnos ante un altar distinto,
pero igualmente opresor.
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