Anuncios

NO PODCAST TEMP2

Peor como lo cuentan - Ruben Dario GV

 


ACTO I

Nadie teme a los cascabeles cuando su música es lejana,
 hasta que el bronce, en la nuca, vuelve áspera la escarcha.
 Yo guardaba el templo antiguo bajo la noche temprana,
 y la puerta se estremeció con una sacudida sin marcha.
 Tres golpes secos descendieron por la nave y por el viento,
 el cielo contuvo el pulso de su oscuro firmamento.

Eran las doce del cinco; Krampenstadt dormía bajo nieve,
 dos patrullas rajaron la bruma con rojo y azul sobre la plaza.
 La carretera fingía ser dócil, brillante, casi leve,
 y un auto yacía volcado junto a la zanja, lejos de casa.
 La sirena mordió el aire, partiendo la madrugada,
 — ¿Dónde está Jessy? — gritó Soraida, la frente ensangrentada.

Los paramédicos sacaron a ambos, malheridos y temblando,
 detrás quedó un asiento vacío, aún tibio de su calor.
 Javier repetía su nombre, golpeando el aire, preguntando,
 Soraida perdió la voz; la sedaron por dolor.
 No hubo huella en la grava, ni abrigo bajo el cielo,
 Jessy había desaparecido en una ciudad de hielo.

Los agentes peinaron cunetas, entradas y la plaza,
 preguntaron a quienes seguían despiertos junto al bar.
 La nieve borraba los pasos que la patrulla trazaba,
 cada faro abría un pasillo que moría ante un portal.
 Soraida volvió a llamarlo cuando la llevaron adentro,
 y Javier se quedó con su nombre golpeándole el centro.

Tras tres horas, Javier halló mi templo entre la neblina,
 con la mirada abierta y la ropa endurecida por el frío.
 — Padre, ¿vio a Jessy? — La voz le sangró desde la esquina.
 — No lo vi, hijo; bebe agua y quédate aquí conmigo.
 Le acerqué un vaso; sus manos no lo podían sostener,
 cada sorbo tardó un siglo en dejarlo responder.

— Discutimos por un teléfono, su precio era lejano,
 le negamos la compra; se volvió fuego en la voz.
 Jessy gritó que nos matáramos, golpeó con ambas manos,
 y se arrojó hacia el volante, con la ira feroz.
 El auto giró; la zanja abrió su boca en el asfalto.
 — Lo habría comprado — gimió Javier, roto de llanto.

Javier dijo cada detalle, se golpeó la frente,
 como si el volante siguiera girando entre sus manos.
 Vi temblar su culpa, vi la culpa volverse diente,
 morder todo lo amado, confundir hijos y daños.
 El templo no absuelve la nieve ni endereza la vía,
 solo guarda las palabras que deja la agonía.

Le hablé de una frontera que protege sin castigo,
 de un hogar que enseña el peso de pedir y de esperar.
 Javier levantó los ojos, con furor y con hastío,
 — ¿Culpa a un niño perdido? — me quiso preguntar.
 Detrás de mí, el cascabel dio un golpe contra el muro,
 y le hablé de Krampus, leyenda del bosque oscuro.

Desde el cinco de diciembre, según cuentan, cruza la montaña,
 cuando el año deja cuentas sin cerrar en cada hogar.
 Busca en la infancia una sombra que creció temprana,
 y hace del miedo una senda por la que obliga a andar.
 Javier soltó una risa seca, negó con la cabeza,
 y salió hacia el bosque espeso, cargando su tristeza.

A las cuatro y media, Tommy dormía en el segundo piso,
 frente al patio sin faroles, cubierto por la nevada.
 Un cascabel rajó su sueño; despertó sin aviso,
 y un colmillo blanco enorme le mordió la mirada.
 Su madre encendió la lámpara, miró el vidrio y la rama,
 — Es muérdago; duerme tranquilo — dijo, y apagó la llama.

La madre dejó la rama sobre el escritorio,
 donde el niño dejaba tareas sin acabar.
 El cascabel no se movía, quieto, pequeño, notorio,
 como un ojo de latón que no quisiera parpadear.
 Tommy volvió a su cama, la noche cerró la persiana,
 y durmió hasta que el alba blanqueó la ventana.

ACTO II

Pero en la espesura Javier avanzaba con la patrulla,
 las linternas ya cansadas, la niebla cerrando el camino.
 Gritaba «Jessy» entre troncos, mientras el hielo lo arrulla,
 y el viento devolvía su nombre, cada vez más fino.
 Un tintineo furioso sonó delante de su frente,
 y una sombra desmesurada se alzó, remota, silente.

Los guardias dijeron «basta, volvamos al camino»,
 la niebla no dejaba distinguir un paso más.
 Javier pidió otra lámpara, se volvió hacia el pino,
 oyó su sangre en las sienes, oyó el bosque detrás.
 No quiso abandonar la llamada en la neblina,
 y siguió el bronce que cortaba la escarcha fina.

La lámpara tembló en su mano; los oficiales apuntaron,
 pero al cruzar entre los pinos no hallaron más que escarcha.
 Un poco más allá, sobre la nieve, algo alumbraron,
 un cuerpo abierto por heridas que ningún cuchillo abarca.
 Javier reconoció la ropa antes que el rostro deshecho,
 y cayó de rodillas, con la noche clavada en el pecho.

Un guardia le apartó las manos, le puso una manta,
 le alcanzó café amargo para hacerlo respirar.
 Los refuerzos crecían en luces a su espalda,
 y en cada radio una voz pedía no abandonar.
 Javier no oyó consuelo, ni el motor, ni el llamado,
 solo el nombre de su hijo volviendo desgarrado.

La luz del alba alzó ante el pueblo la cuenta,
 otros niños yacían lejos, bajo ramas sin calor.
 Cada hogar cerró sus puertas; la ciudad quedó envuelta
 solo en luces navideñas, sin consuelo ni rumor.
 La gente habló de ladrones, de una banda en la frontera,
 mientras el bronce marcaba la ciudad entera.

En las puertas las familias contaban a sus niños,
 los llamaban por sus nombres, les tocaban la piel.
 Apartaban los juguetes, los lazos, los adornos,
 y cubrían cada ventana con mantas y papel.
 Cada rumor daba un rostro distinto al espanto,
 ninguno explicaba la nieve ni el bronce en su canto.

Soraida pasó la mañana dormida por los calmantes,
 el cuerpo de Jessy esperaba la firma y el papel.
 Javier miró las patrullas con los ojos distantes,
 y guardó bajo la lengua un juramento cruel.
 Al mediodía golpeó mi puerta con puño de hierro,
 y entró con la nieve prendida al borde del sombrero.

— Usted sabía dónde hallarlo; dígame quién lo ha matado.
 — No lo sabía, Javier; repetí lo que cuenta el lugar.
 — Me señaló aquel bosque. Mi hijo estaba despedazado.
 — Te di una leyenda; tú elegiste dónde buscar.
 Entonces rompió en llanto; su rabia quedó vencida,
 y preguntó qué criatura le había arrancado la vida.

Le hablé de dos presencias que precedieron los nombres,
 dos luces en la penumbra antes del primer día.
 La Esencia Creadora las puso frente a los hombres,
 dos manos sobre el eje que la noche torcía.
 Klaus llevaría a los niños promesa y regalo,
 Krampus retiraría el peso que inclinara un solo lado.

Klaus llegaba en secreto cuando diciembre cerraba,
 dejando en manos pequeñas aquello que habían cuidado.
 No preguntaba por riquezas ni por la casa habitada,
 solo buscaba en sus gestos lo que el año había sembrado.
 Algunos velaban despiertos por ver bajar la escalera,
 otros dormían con una estrella cosida a la cabecera.

En otras lenguas le dicen Santa Claus en diciembre,
 el viejo que atraviesa tejados sin abrir el portón.
 Deja un juguete, una fruta, una cinta que se enciende,
 y en la sala los espera la promesa de un don.
 Nadie escucha sus pasos ni pregunta de dónde viene,
 solo queda un envoltorio junto al árbol que lo sostiene.

— ¿Y la otra presencia? — Javier preguntó con desprecio.
 — Krampus — respondí bajo, mientras crujía el altar.
 No llevaba sentencia ni decreto en papel,
 seguía el repique que rondaba cada hogar.
 No iba por cada niño, ni por cada desobediencia,
 sino por lo que crecía cuando faltaba presencia.

Le conté que antes del zarpazo venía el juego,
 un cascabel tras la puerta, un aliento en el cristal.
 Dejaba una ruta abierta, prometía un poco de fuego,
 y luego borraba las huellas que conducían al umbral.
 Gozaba al ver que el miedo les quebraba la voz,
 y el bosque no devuelve ni una sílaba a Dios.

— ¿Qué culpa tiene un niño de lo que aprende pequeño?
 — preguntó Javier — . ¿Quién puede medir dónde empieza el mal?
 No le ofrecí un sermón ni una respuesta de dueño,
 miré las velas quietas, su humo vertical.
 — Hay actos que pasan de mano, de cuarto en cuarto,
 y el rastro queda en la sangre, aunque el nombre sea corto.

ACTO III

Tommy irrumpió en el templo con los ojos abiertos,
 la respiración quebrada, las manos sin calor.
 — Padre, el muérdago tembló; vi dos cuernos siniestros
 raspar la puerta del cuarto; algo rondaba alrededor.
 Su madre trabajaba lejos; corrió sin abrigo,
 y ahora pedía en mi puerta que velara conmigo.

— Mi madre sigue lejos — dijo, mirando tras sí,
 y la casa quedó muda cuando oyó el metal.
 Buscó a tientas el abrigo, mas salió de allí
 sin cubrirse los hombros ni mirar el umbral.
 Los cuernos arañaron la puerta; la madera chilló,
 y el cascabel de la casa tras sus pasos sonó.

Javier lo puso a su espalda, le cubrió los hombros,
 y buscó una cruz de bronce junto al primer escalón.
 Sus ojos ya no lloraban; se habían vuelto escombros,
 la venganza le dictaba su única oración.
 Quería que Krampus entrara, mostrarle su cara,
 con Tommy como cebo y la cruz como vara.

Pasaron largas horas; afuera el pueblo enmudecía,
 los policías volvían sin respuesta ni señal.
 Yo relaté a Tommy las fábulas que conocía,
 Javier medía la puerta, la distancia y el metal.
 Nadie quiso encender luces en las calles vacías,
 las casas respiraban detrás de sus celosías.

Cada minuto en la nave se alargaba una hora,
 el hierro de la cruz le marcaba la piel.
 Tommy contaba las campanas que no oyó afuera,
 y yo mudaba de tema con voz de funeral.
 La tarde fue cayendo, sin pájaros ni gente,
 y la noche regresó por la misma pendiente.

El frío descendió de pronto; se empañó cada ventana,
 un cascabel vibró detrás del altar mayor.
 Javier apretó la cruz; Tommy buscó mi sotana,
 y el aire olía a pino, a hierro y a temor.
 Entonces apareció desde la viga escondida
 una lengua negra y larga, húmeda, torcida.

Tommy señaló el púlpito; Javier alzó la mirada,
 y un arañazo avanzó por la madera, sin prisa.
 La luz no halló un cuerpo; la forma quedó velada,
 solo el roce de un cuerno, una sombra y saliva.
 El bronce repicó sobre el mármol, cerca, distante,
 y el templo se hizo pequeño, cerrado, palpitante.

— ¡Dime qué eres! — gritó Javier, alzando la cruz,
 — ¡Si un dios hizo a esa bestia, que aparezca y dé la cara!
 Yo levanté una mano; se apagó toda luz,
 y el peso de la noche doblegó a aquel hombre.
 La cruz rodó por el suelo; sus rodillas cedieron,
 y las velas, una a una, hacia mí se volvieron.

— Tú hablaste de la Esencia como quien narra un cuento.
 — Yo estaba antes del nombre, del templo y del pan.
 — ¿Quién eres? — preguntó, con sangre en el aliento.
 — A Klaus le di la aurora; a Krampus, el vendaval.
 El alzacuellos cayó de mi pecho al suelo frío,
 y mis ojos bebieron la llama hasta dejarla sin brío.

Desde el techo bajó un cuerno, rozando la madera,
 y una garra se posó junto a mi mano abierta.
 La sombra inclinó la frente, obediente y fiera,
 ante la voz que la llamó desde la noche desierta.
 No vi su cuerpo entero; no lo verá mortal,
 solo un hocico en penumbra y el brillo de un metal.

Javier quiso levantarse; su cuerpo no obedecía,
 pero arrastró los dedos hacia Tommy, por el suelo.
 El niño miró la puerta; el cascabel reía,
 y algo aguardó paciente, oculto bajo el velo.
 — Ven, hijo mío — dije, sin alzar la voz,
 y el aire se estremeció alrededor de los dos.

Krampus no mostró su forma; hizo sonar la cadena,
 avanzó despacio, midiendo el temblor del grito.
 Tommy llamó a su madre, nombró su casa vacía,
 y la sombra abrió una puerta al fondo del pasillo.
 El niño corrió hacia ella; la madera se cerró,
 y el cascabel cayó al mármol cuando su grito cesó.

Cesó el cascabel primero; después calló la nave,
 Javier quedó escuchando lo que ya no respondía.
 Afuera, el alba abrió su cicatriz sobre la nieve,
 y en una casa lejana un regalo amanecía.
 Nadie vio quién lo dejó junto al árbol encendido,
 y yo cerré el templo al frío, con el bronce dormido.

RUBEN DARIO GV

Comentarios

Entradas populares de este blog

La autonomía institucional.

Lo que sobró del Whisky  -  Ruben Dario GV

Santander niega complicidad de su cajera en asalto a cuentahabiente

Entradas populares de este blog

La autonomía institucional.

Lo que sobró del Whisky  -  Ruben Dario GV

Santander niega complicidad de su cajera en asalto a cuentahabiente

LOS RETOS DE SALUD EN MÉXICO.

video de la semana

NO PODCAST

Seguidores

Timeline